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Para la Iglesia la predicación del Evangelio es un mandato recibido de su Fundador. De ahí que la misión sea entendida como un deber y un derecho. Para la mentalidad medieval este segundo aspecto podía llegar a justificar el recurso a las armas.
Durante los siglos XII-XIV el espacio de la misión se amplía, surgen nuevos protagonistas y, en consecuencia, se proponen formas nuevas.
Llull apela a su experiencia directa, cuando analiza la situación general de la actividad misionera. Aunque se refiere también a los 'gentiles', su análisis se concentra en el ámbito de la misión a los musulmanes y, en menor medida, de la disputa con los judíos.
En referencia al Islam, construye una interpretación teológica de la historia, que sirve de justificación a algunos puntos centrales de su propia propuesta, como es que la fe debe ser acogida por el entendimiento y que, en consecuencia, es demostrable. El modelo que propone Llull se enraiza en la vida personal del misionero y en su comprensión de la propia fe. Presupone no sólo la preparación intelectual, sino la contemplación, y se desarrolla como diálogo, mientras es posible, como disputa, cuando es necesario, y aun con el auxilio de la fuerza de las armas, si es inevitable.
Se da una importancia excepcional a la fundación de monasterios o colegios, donde los futuros misioneros puedan recibir la preparación adecuada. |